
Por fin le ve aparecer por una esquina, rodeado por su séquito de admiradoras que le miran babeando. Ella no las ve, ni a ellas ni a nadie salvo a él desde que entró. Es él. Con sus brillantes ojos verdes y sus ondulados cabellos negros, le arrebata la respiración, a Elly y a todas las chicas de segundo.
Elly suspira. Cuando se acerca, le pide hablar a solas un momento.
-¿Sí?
-Verás, es que... tengo que decirte una cosa.
-¿El qué?
-Es que yo... yo...
-Oh, claro. Que sientes algo por mí. Otra admiradora más -la interrumpe, y sonríe, socarrón. Pero luego borra la sonrisa de su rostro-. Pues, lo siento. Lo nuestro no puede ser. Quiero decir, mírate, y mírame a mí. Lo entiendes, ¿no?
Elly esboza una sonrisa comprensiva.
-Claro -contesta-, yo soy demasiado buena para ti.
Y se da la vuelta y comienza a caminar por el pasillo, dejando por primera vez en toda su vida de arrogancia al popular, clavado en el suelo y sin saber qué decir.